Nuevo artículo | Artículos de la sección
Un puñado de pájaros contra la gran costumbre … por una práctica libertaria en la educación
PORTADA :: Participar en Aula Libre :: Recibir Novedades :: Redacción :: Contactar :: Toda la Web :: Seguir la vida del sitio RSS
Grupos de trabajo > Recursos para cuidar-nos
Estás aquí: Portada > Grupos de trabajo > Recursos para cuidar-nos > Cuidamos y nos cuidamos en el aula: aportaciones desde la mirada (...)
Cuidamos y nos cuidamos en el aula: aportaciones desde la mirada sistémica
Domingo 17 de octubre de 2010, por Menchu Castán
0 comentarios   Versión para imprimir de este documento  Guardar como PDF  Enviar la referencia de este documento por email
PDF - 244.9 KB
Cuidamos y nos cuidamos en el aula: aportaciones desde la mirada sistémica

Este texto corresponde al taller sobre pedagogía sistémica que hicimos en Castejón de Sos en el Encuentro de Aula Libre de 2010, y puedes descargarlo en .pdf en el archivo adjunto.

1. LA REALIDAD COMPLEJA NOS RECLAMA OTRA MIRADA

Hemos sido educados en la creencia de que vivimos una realidad objetiva en la que existen certezas fuera de toda discusión. Y que el camino del ser humano es desvelar esas certezas para acercarnos a una comprensión del mundo más cabal. Hemos creído que podemos analizar la realidad desmenuzándola en pequeños trozos. Y también que podemos tomar una posición de observadores neutrales acerca de la realidad de la que, por tanto, estaríamos disociados. Sin embargo, cada vez estoy menos segura de todo eso. No sólo porque haya leído textos convincentes al respecto, sino porque cumplir años me va ayudando a desasirme un poco de la arrogancia y del miedo. Estos dos sentimientos han tenido bastante que ver en mi adhesión de tanto tiempo a esa manera plana de ver las cosas.

El miedo nos lleva a muchos a buscar seguridad construyendo creencias que funcionan como explicaciones del mundo y construcciones de la identidad al mismo tiempo. Mapas que convertimos en anclas porque no queremos ir a la deriva. Anclas que al final acaban siendo una especie de lastre que nos impide navegar: “Yo soy yo porque veo el mundo así, de una determinada manera”. De esta forma me defino, sin caer en la cuenta de que esta definición que hago de mí misma, define también el mundo que veo, lo condiciona, veo unas cosas y no otras y, por tanto, genero unas posibilidades en mi entorno, pero freno otras sin darme cuenta.

La arrogancia nos lleva a ver como buena e indiscutible nuestra perspectiva de las cosas. No lo hacemos intencionadamente, pero damos por razonable y objetivo lo que son percepciones subjetivas de las cosas y construimos con estas percepciones una “verdad” con la que manejarnos. El hecho es que como necesitamos darla por buena, entonces nos parece que es aplicable, que vale para otros y nos permitimos ir por allí aconsejando a amigos y no tan amigos con arreglo a nuestro mapa.

Sabemos ahora que la realidad es compleja y la capacidad de procesamiento cerebral humano limitada. El sistema nervioso se ve en la necesidad de completar, construir la percepción. No es un mero receptor y organizador de los estímulos. Con arreglo a nuestras expectativas, nuestra historia, nuestros filtros emocionales y culturales…etc, elegimos una parte ínfima de la información del entorno y armamos con ella el mecano de la percepción. En el resultado final hay tanto o más de mí misma como de lo exterior.

Pero cuando decimos que la realidad es compleja también aludimos a la manera en que están imbricadas las cosas, los sucesos, los organismos, los procesos,… formando una red de interconexiones en la que todo influye todo. Como ya apuntaba más arriba, la manera en que yo me coloco frente al mundo, facilita el que sucedan unos hechos y no otros. La mirada humana construye el mundo y al mismo tiempo genera transformaciones en él. En esta interrelación de partes que se influyen y que forman sistemas más amplios e incluyentes cada vez, las relaciones causales poco se parecen a esa linealidad simplista con la que nos habíamos manejado hasta ahora. Lo que ahora sabemos nos aconseja cambiar el modelo antiguo por el de circularidad. Lo que sucede es que el modelo causal lineal nos aportaba una falsa ilusión de control, en el sentido de que si hago tal cosa sucederá tal otra. Sin embargo el modelo de circularidad admite que no es posible prever cómo afectará un cambio en el sistema. Sabemos que afectará, eso seguro, pero no el resultado concreto. Lo más que podemos aventurar son probabilidades, no certezas.

Para la persona concreta este cambio de paradigma es desconcertante. Supone a nivel individual algo parecido a lo que supuso para la humanidad en su conjunto el cambio que se dio en el Renacimiento respecto a la posición de la Tierra en el Universo: de ser el centro a ser una parte más, en relación con otras y dentro de un sistema en relación con otros. Resulta que yo no ocupo un lugar de observación e interpretación de la realidad privilegiado, que lo que yo alcanzo a ver desde mi pequeño nodo en la red de interconexiones es muy poco. Me sirve y me manejo con ello, pero me beneficia más asumir que me muevo en la incertidumbre en lugar de querer hacer de ese poquito de conocimiento que he construido un mapa de la realidad para imponer a otros. En definitiva, lo que me une al resto de las personas, lo que me iguala, no es lo que sé, que seguramente no coincide con lo que el otro sabe, sino el hecho de compartir esa enorme parcela de desconocimiento.

Podría parecer que esta toma de conciencia de la insignificancia ha de resultar abrumadora para la persona y, sin embargo, lejos de restar fuerzas las reordena. Frecuentemente, asociamos los términos complejidad y dificultad. Pero lo complejo no tiene por qué ser difícil. Creamos la dificultad cuando aplicamos un esquema lineal para explicar y actuar en una realidad que no es lineal, sino compleja. Nos gustaría controlar todas las variables y no es posible. Nos gustaría resolverlo todo a nuestra manera y tampoco es posible. Nos gustaría siquiera poder entender lo que ocurre y por qué, pero contamos con un instrumento limitado y que se maneja a nivel consciente con datos racionales en un universo donde lo racional es sólo una pequeña parte. En definitiva, lo que nos abruma es aplicar este esquema plano a una realidad que no se deja encajar allí.

Si optamos por reconocer nuestra pequeñez veremos que ser pequeño no quiere decir no poder hacer nada, sino dejar de querer hacerlo todo. Veremos la inutilidad y el agotamiento que provoca en nosotros el resistirnos a lo que es. A veces toca admitir que la realidad es así de terca y puedo hacer lo que puedo hacer. Aceptar las limitaciones nos resitúa, nos ayuda a ocupar nuestro lugar y no el de otros. Y desde nuestro lugar siempre hay algo que podemos hacer. Cada nodo en la red es importante, tiene una pequeña importancia muy valiosa. Por otra parte, saber que lo que yo sé es una verdad relativa, me ayuda también a mirar con buenos ojos la verdad relativa de la persona con la que me relaciono. Sólo ese sencillo gesto hace cambiar las cosas.

Toda esta introducción es para decir que esta manera de ver la realidad, me ha hecho también cuestionarme mi posición cuando me pongo delante de otros a exponer mis ideas, sea personalmente o a través de un texto. Tengo que admitir, porque no podría ser de otra manera, que lo que estoy escribiendo aquí no es una “verdad verdadera”. Y, por tanto, mi actitud no puede ser la de argumentarla y defenderla a capa y espada. Es una parte de cómo yo veo las cosas ahora mismo, una especie de fotografía de un cachito de mi mapa que estoy dispuesta a compartir, pero sin olvidar que el mapa no es el territorio. Parto de la base de que construimos conocimiento poniéndolo en común y de que sabemos mucho más juntos que por separado. El hecho de estar escribiendo esto ahora mismo para que tú lo leas, hace que yo acabe de construir conceptos que no sospechaba que tuviera integrados. Y recíprocamente, cuando tú lees esto lo comparas, lo confrontas con lo que tú sabes y con lo que crees, lo matizas, lo completas y finalmente tomas de ello lo que tú necesitas ahora, que puede parecerse poco a lo que tome otra persona.

A veces, lo que nos falta ver es que esta realidad compleja no consiste en una maraña inhabitable, a no ser que nos empeñemos en ir en contra de ella. Creo más bien que la realidad no se presta a simplificaciones y requiere de nosotros una actitud abierta e inclusiva si queremos transitar sanamente por ella. Hay infinitos factores configurando este momento preciso, un montón de cosas que suceden simultáneamente y numerosos niveles o planos posibles de análisis. Estamos habituados a mirar la punta del iceberg y creer que eso es todo y actuar como si no hubiera nada debajo.

Si tomo conciencia de mi posición, de mi pequeñez y de la magnitud de lo que tengo delante, no puedo hacer otra cosa que intentar cambiar progresivamente mi necesidad de controlarlo todo por una actitud de confianza para poder volar a favor del viento. La confianza es un lugar apropiado para descansar y reponer fuerzas. Supone encomendarse a la cualidad de autorregulación de los sistemas. Del desorden actual surgirá un movimiento que creará un nuevo equilibrio dinámico, y después otra vez caos y así sucesivamente… Puesto que hay caos, desorden e imperfección será necesaria una nueva construcción y luego otra.

Lo verdaderamente hermoso es acercarse a intuir que ese movimiento contiene algo de la esencia de la vida. Desde aquí yo puedo entender con mayor facilidad la frase de Angélica Olvera “todo es perfecto”, ya que puedo ver que todo es perfecto en su imperfección generadora de cambio, de dinámica, de posibilidades.

2. ESTAR BIEN EN LA ESCUELA

Todo lo dicho en el apartado anterior puede referenciarse al ámbito educativo en el que se requiere del docente una mirada abierta e inclusiva, también a lo que está oculto, lo emocional, lo inconsciente, y que históricamente ha sido considerado un tabú en el interior de las aulas. Pero además la educación tiene una parte importante de acompañamiento, de cuidado de otros. Y para poder hacer esto es necesario estar bien con uno mismo. De esta manera, el cuidado que ofrecemos podrá ser un regalo para todos, y no una exigencia más que pesa sobre nosotros. Intentaremos ver de qué modo se potencian desde la pedagogía sistémica el clima y las condiciones necesarias para que los niños y niñas puedan aprender, que es el objetivo de las instituciones educativas.

En primer lugar, y partiendo de lo dicho hasta ahora, podemos darnos cuenta con facilidad de que la escuela es un sistema formado por partes que constituyen un todo que no puede reducirse a la suma de tales partes, que existe una interrelación circular entre estos componentes y que este sistema tiene, como si dijéramos, una vida propia en tanto que organismo, con sus mecanismos de equilibración y autorregulación. Asimismo, podemos ver que este sistema de la escuela se encuentra en relación e interacción continua con otros sistemas que comparten estas mismas características como son los sistemas familiares de los alumnos y también otros sistemas del entorno institucional y social.

Bert Hellinger, a partir del estudio fenomenológico del comportamiento de los sistemas, observó que bajo ciertas condiciones los sistemas se ordenan aumentando el bienestar, la fluidez y la consecución de propósitos en su seno. Enunció estas condiciones en forma de tres sencillas leyes a las que llamó “órdenes del amor”: La pertenencia, el orden y el equilibrio en las relaciones.

  • Pertenencia: En un sistema todos pertenecen.
  • Equilibrio entre el dar y el tomar en las relaciones: Para dar, primero hay que tomar. En relaciones igualitarias debe haber un equilibrio.
  • Orden y jerarquía: Todos no ocupamos el mismo lugar ni tenemos la misma función. Los tres principios pueden explicarse por separado, pero también se relacionan íntimamente. Me gustaría trazar unas pinceladas acerca de todos ellos con la mirada puesta en la manera en que pueden orientarnos a los docentes para sentirnos mejor y ser más eficaces en nuestra tarea.

En relación a la pertenencia lo primero que se puede decir es que pertenecer a un sistema no es algo que se pueda discutir, se forma parte y ya está. Y la pertenencia, la vinculación, es una necesidad básica del ser humano. Pensemos en lo importante que es para cada uno de nosotros que se nos reconozca la pertenencia en los entornos de los que formamos parte. Es como si pudiéramos oír: “Eres uno de nosotros” o “Tú eres bienvenido aquí, perteneces a este lugar”. Sin embargo a veces nos empeñamos en sacar fuera del sistema aquella parte que nos resulta molesta o que por la razón que sea no queremos ver. Como todos los componentes del sistema están en interrelación, la exclusión de uno de ellos genera un desequilibrio en el interior, afectando a su funcionamiento. El sistema no tolera la exclusión y alguno de los miembros realizará un movimiento para hacer visible lo que se quiere ocultar.

La escuela es rica y compleja porque estamos todos, los docentes, las familias, el alumnado…, todos y cada uno con nuestra complejidad y formando parte a la vez de varios otros sistemas complejos. Nuestros esfuerzos deberían ir en la dirección de hacer visible que todos pertenecemos y que la aportación de cada uno es valiosa y el sistema no se puede permitir prescindir de ella.

Sin embargo, para todo el mundo, para los profesores y también para los niños, el primer sistema de pertenencia es la familia. La vida nos llega a través de este sistema, y la vida es lo primero, lo más grande que tenemos, sin lo cual no habría nada más. Pero además la familia es configuradora de identidad y de creencias que pesan mucho en el interior de cada uno de nosotros. En el seno de nuestra familia construimos nuestro primer rudimentario mapa del mundo, que entonces sí que estaba absolutamente confundido con el territorio. Progresivamente hemos ido relativizando algunas de estas creencias, pero pesan mucho más de lo que estamos dispuestos a admitir, porque emocionalmente, en el fondo, para poder salvaguardar nuestro derecho a la pertenencia somos profundamente leales a nuestro sistema familiar, lo queramos o no, lo sepamos o no.

Así pues, como maestra, tengo que saber en primer lugar de dónde vengo y estar reconciliada con mi origen y con mi pasado, porque de allí tomaré la fuerza para la vida. Pero tengo también que respetar de dónde vienen mis alumnos y reconocer que su origen no es mejor ni peor que el mío. Lo que sucede es que, como hemos construido el mapa en el seno de una familia, existe la necesidad inconsciente de defender que esa verdad es más válida que la del otro. Pero tengo que tener presente que ocupar el lugar de docente frente a un grupo no me otorga el derecho a imponer mi visión del mundo como la correcta.

Esta primacía del sistema familiar de origen sobre el sistema escolar es también así para los niños y niñas que tenemos delante, en el aula. Ellos pertenecen primero a su familia y le son leales y no pueden aprender en la escuela si perciben que su sistema familiar no se respeta, se halla en entredicho o se cuestiona su pertenencia. Esta situación, sin embargo, se produce con cierta frecuencia en nuestras aulas, generando confusión, resistencia y desorientación en los niños.

Sólo desde el respeto sentido y desde el reconocimiento hacia las familias podremos reclamar de ellas la confianza en la institución escolar, sin la cual todos nuestros esfuerzos para que sus hijos aprendan serán estériles.

Respetar y reconocer a las familias no debe confundirse con el hecho de que sean éstas quienes impongan las reglas de la escuela a su manera. La escuela tiene sus propias normas y todos debemos respetarlas para que la cosa funcione. La cuestión es que el alumnado difícilmente podrá dar este paso si no siente esa consideración hacia su sistema de procedencia. Y las familias, inconscientemente, no darán permiso a sus hijos para aprender de un contexto que es percibido como una amenaza.

Las familias son las primeras en la educación de los hijos y los maestros pasamos un tiempo por sus vidas y, si nos lo permiten, ayudamos trabajando a su servicio. Y aún así, aún reconociendo que este papel no es el de la estrella protagonista de la película que creíamos tener, o precisamente al ser capaces de reconocerlo, son muchísimas las cosas que podemos hacer. Eso sí, ocupando nuestro lugar que no es el de enjuiciar, criticar, culpabilizar o sustituir a las familias creyéndonos mejores que ellas.

Ocupar el lugar que nos corresponde es estar en orden dentro del sistema, y eso es una importante fuente de bienestar y de impulso. Estar en orden es darme cuenta en primer lugar de la pequeñez de la que hablábamos más arriba, pero también de que no estoy sola frente a una misión titánica sino que formo parte de un sistema y mi posición en él me permite hacer ciertas cosas y no otras. Nuestra posición de maestros es privilegiada para poder construir puentes de comunicación con las familias de forma que podamos crear esta alianza necesaria para trabajar juntos.

Así podremos percibir que formamos parte de una red, sumando esfuerzos con el resto de compañeros y con las familias. Esto genera una sensación mucho más positiva frente a la abrumadora carga de la omnipotencia, de la arrogancia de querer resolverlo todo. Paradójicamente, aceptar las limitaciones no me paraliza sino que, al contrario me obliga a proponerme como objetivos los que realmente puedo y está en mi mano desempeñar, concentrando en ello mis esfuerzos. Me hace poner en valor lo que yo puedo aportar al tiempo que me alienta a confiar en los demás, en que también van a aportar algo único y precioso. En definitiva, me hace evolucionar desde la actitud de control hacia la de confianza, tal y como apuntábamos al principio.

Conviene recordar que no habitamos una isla salvaje y solitaria, como a veces hemos creído en nuestras aulas. Conviene recordar que no estamos separados de la realidad, en una configuración dualista, sino que estamos dentro y lo que hagamos tendrá un efecto. Por ejemplo, cuando hablamos de que la mirada, nuestra percepción del mundo, tiene un poder transformador sobre la propia realidad, parece que estemos haciendo un relato de ciencia ficción. Pensemos por un momento en la diferencia entre mirar a un alumno problemático como una víctima de su familia y de su destino o mirarlo en cambio como el protagonista, el héroe de su propia historia. Y confiando -nuevamente la necesidad de confiar- en que cada persona desarrollará las herramientas para afrontar su destino, con los retos que conlleve. La primera mirada, aún sin decir nada, debilita. La segunda da fuerza. Creo que la mayoría podemos apreciarlo.

Podría parecer una forma de lavarse las manos, pero no se trata de no actuar, de dejar de hacer lo que como profesionales veamos que es necesario, sino de hacerlo desde el respeto profundo hacia el otro y hacia su destino, aunque no podamos comprenderlo, aunque se nos escape.

Quiero hacer notar que este enfoque sistémico me permite también desplegar una mirada mucho más amable y conciliadora hacia mi historia y esto me ayuda a observar los destinos de otras personas con mayor respeto y comprensión, asumiendo que no está en mi mano juzgarlos. Puedo entender que “soy quien soy ahora” por todo lo que heredé, lo que me sucedió, lo que viví y me hizo construirme. Si algo de todo eso no hubiera ocurrido yo no sería la misma. Y está bien así porque es la única forma real, la única posible en la que soy. Es lo que es y sólo puedo asentir a ello y honrarlo. Tomar de mi familia me posibilitará estar en condiciones de dar a los niños y las niñas, lo que será más fácil si estoy en paz con mi pasado tal cual fue, si estoy en el camino de pasar de la actitud de reclamar a la de agradecer.

El aula no es el lugar para trabajar los conflictos personales, sino que es el lugar del aprendizaje. Sin embargo, algunas veces, lo que sucede en este contexto nos confronta con cuestiones pendientes con nosotros mismos. Y frecuentemente, son los alumnos más problemáticos quienes nos están haciendo el “regalo” mostrándonos algo que permanecía oculto para nosotros. Entonces podemos tomarlo y buscar un contexto externo a la escuela para abordarlo, puesto que forma parte de nuestra responsabilidad estar bien para poder educar, para llevar a los niños y niñas aquello que más necesitan, que es la alegría por vivir.

Para el alumnado es igual: El que está en lucha, difícilmente puede aprender, está ocupado en asuntos que impiden una actitud abierta y receptiva, no puede recibir, se cierra como un caracol. Si como maestros hemos desarrollado una mirada amplia que observa al niño con todo lo que trae y no lo juzga, sino que lo respeta, estamos haciendo lo más amoroso y lo mejor para acompañar el proceso de ayudarle a tomar o desarrollar la fuerza que necesita para vivir.

M. Carmen Castán Andolz
septiembre-octubre de 2010

Comentarios

moderado a priori

Este foro está moderado a priori: tu contribución no aparecerá hasta haber sido validada por la administración del sitio.

(Para crear párrafos, deja líneas vacías.)

¿Quién eres? (opcional)
  • [Conectarse]

Esqueleto "Aula Libre MRP 3.0" desarrollado para SPIP | Con   FIREFOX  nos veremos mejor ;-)
Creative Commons License Los contenidos de este sitio están bajo una licencia de Creative Commons. |