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Un puñado de pájaros contra la gran costumbre … por una práctica libertaria en la educación
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# Encuentro Aula Libre 2009: Escuela Rural y pequeñas estructuras educativas
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La escuela rural, una escuela pequeña y pública, y las pequeñas estructuras educativas, modelos valiosos y necesarios para nuestra educación y para nuestra sociedad.
Sábado, 19 septiembre 2009 / Castejón de Sos / Organiza: MRP Aula Libre / Colaboran: CPR Graus - CRA Alta Ribagorza
TE-01. Organización en la escuela rural: espacios, tiempos, recursos,...
Miércoles 14 de octubre de 2009, por José María Santos de las Heras
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DESDE MI PUNTO DE VISTA

Lo que aquí expondré está pensado desde mi punto de vista. Aquel que me proporcionan los sentidos desde el pequeño colegio de Paúles de Sarsa. Una escuela unitaria, al Norte de la Sierra de Guara, al sur de Sobrarbe, dentro del Parque Natural de la Sierra y Cañones de Guara, entre los términos municipales de Aínsa-Sobrarbe (una parte) y Bárcabo. Pueden llegar alumnos de trece pequeños pueblos de la zona, pero sólo hay niños en tres. No es una unidad de CRA alguno, es un cole completo (un CEIP), aunque, claro está, participa de buena parte de las características de las pequeñas unidades de los CRAs, unitarias o incompletas y, así, llegan maestros itinerantes (de música, educación física e idiomas) desde Aínsa (otro CEIP) o, en ocasiones, nos juntamos con otros centros para el desarrollo de determinadas actividades. El edificio se construyó en 1989 sobre el solar que ocupaba la antigua escuela de Paúles. Los padres de los alumnos de entonces la ayudaron a levantar con sus manos. Es tremendamente sencillo: en un espacio de 6 por 6 m2 está la única aula, dos baños y un trastero para materiales diversos (al cuidado de Mariano, el esqueleto de plástico y tamaño natural). En la planta baja, otro espacio de la misma dimensión sirve de salón social del pueblo, consulta del médico (cuando viene) y aula para desdobles cuando hace falta (en idiomas, música o educación física si llueve o nieva) y para alguna actividad ocasional (meriendas con los padres, exposiciones de trabajos escolares, ensayos para teatro…). Al exterior un parque que se discute permanentemente entre la grava y la hierba mantiene un tobogán y un par de columpios. Desde hace veinte años este diminuto centro educativo ha mantenido entre cinco y diez alumnos. Este curso hay seis (de infantil, 2º, 4º, 5º y 6º) cuyos padres, una peculiaridad como otra cualquiera, tienen diversas procedencias: dos angloalemanes, un holandés, un inglés, un francés y un español. En idiomas, la verdad, vamos sobrados: todos hablamos dos idiomas, algunos tres. Y eso que no somos centro bilingüe. Los alumnos son transportados de las cercanas localidades de Castellazo, Arcusa y Almazorre. Comemos juntos en el comedor de casa Rufas (nos gusta decir que comemos de Milagros, porque así se llama la cocinera) y se contrata una cuidadora dos medias horas porque la furgoneta del transporte debe hacer una doble ruta. Vamos que debemos ser la principal empresa del pueblo y yo, el único funcionario. Es, pues, desde mi experiencia personal y profesional desde la que escribo esto: cada maestrillo tiene su librillo.

Antes de seguir, tres advertencias: no todo lo que funciona a un maestro, le funciona a otro; no todo lo que funciona en un aula funciona en otra; no todo lo que funciona con el mismo maestro en la misma aula, tiene que funcionar si los alumnos cambian. Siempre hay que adaptar lo que se copia. Aún así creo firmemente que hay una suerte de buena pedagogía (y didáctica) universal, válida para grandes y pequeños, y válida en todos los lugares de este planeta.

Hace falta toda la tribu para educar a un niño, enseña un proverbio africano. Es decir, a los maestros no nos queda más remedio que ser humildes; nos corresponde tan sólo una parte de la educación, el resto es para la familia y la sociedad que nos rodea. Llegamos a donde llegamos. Por otra parte, ¿cuántos buenos maestros (de primera, segunda o tercera enseñanza) nos hemos encontrado en nuestra vida escolar (del otro lado del pupitre) cada uno de nosotros? Yo (concretamente) bastante pocos. No es que todos los demás fueran malos, es que “buenos, buenos” no habré tenido más de dos o tres. Suficiente. Os recomiendo la lectura de dos libros del profesor de secundaria francés Daniel Pennac: "Mal de escuela" y "Como una novela". Él cuenta esta parte mejor que yo.

Os hablaré desde y para la función de tutor. Otras he tenido, y tengo: dirección, especialista, itinerante… pero quedan para otra ocasión. Como tutor hay que relacionarse con los padres (normalmente con las madres) y, claro, de todo hay. Suelo hacer tres reuniones con el conjunto de padres, tres individuales y tres meriendas cada curso. Éstas últimas son las que más me sirven. Por último, antes de empezar con la organización, veo claramente que el tutor de una unitaria tiene una responsabilidad casi total sobre los pocos niños a su cargo. Si tengo un problema intento no dejar la solución para el próximo curso: el problema será, casi con seguridad, más gordo, y seguiré estando yo solito para solucionarlo. No tiremos las piedras sobre nuestro propio tejado. Y viene ahora a cuento decir que aquellas escuelas pequeñas que cambian cada curso de tutor acaban en la ruina, o sea, cerradas. Mal que la administración debería minimizar. En fin, ¿qué impide que un alumno “normal” (ya sé que eso no se debe decir) avance en sus estudios? En la mayor parte de los casos no es la aptitud o el conocimiento, sino la actitud, y la causa viene a encontrase fuera de la escuela: ahí están nuestros límites. Y nuestros mayores retos.

 ¿EL MUNDO RURAL?

A estas alturas hay algo de leyenda (urbana) en esto de la escuela rural. Como hay algo de leyenda (rural) en lo de la escuela urbana. Porque ¿qué es una escuela rural? ¿la que se da en poblaciones de menos de dos mil habitantes? Se puede llevar una vida totalmente urbana en entornos más pequeños. ¿Es rural por la ocupación de los padres? A ver si ahora la mía (la que he descrito) no lo es… ¿Será por la ropa que llevan los alumnos? ¿Por el aislamiento?

Bueno, creo que en realidad la escuela rural es la escuela pequeña. Las sociedades pequeñas las generan. Lo realmente importante es que son “pequeñas estructuras educativas”, se desarrollen en el entorno que se desarrollen. Y es un acierto de estas jornadas haberse subtitulado así.

Los vecinos se conocen, el entorno es accesible (a pesar de las apariencias) y, el cole (como la sociedad) es intergeneracional. Los niños conocen las casas de los otros. El maestro (de la pequeña estructura educativa) tendrá, pues, grupos internivelares, deberá arreglárselas por si mismo y, a veces, le tocará ser amanuense, como último funcionario del lugar.

En cualquier caso, siempre se trata de lo mismo: aprovechar las ventajas y minimizar los inconvenientes. La frase-lema “small is beautiful” tiene ya décadas a sus espaldas.

 LOS ESPACIOS

En este CEIP en miniatura todo es aula. La administración (ya he dicho que soy el director) se desarrolla en tres bandejas sobre la mesa (y algún montoncillo de propaganda): entradas/salida, pendientes y cajón de sastre. Junto a ellas, carpetas y archivadores mantienen las PGAs, becas, GIR, expedientes… y burocracia diversa.

Los baños y el almacén son lugares educativos, no hay que olvidarlo. A cuento de esto tengo que recordar que hay que comprar los materiales con antelación (la tienda más cercana está a 25 km) y que es importante reutilizar y aprovechar los del entorno inmediato. Hay que contar con presupuesto y camelar al ayuntamiento, al servicio provincial, a los padres y a quien haga falta para tener una buena dotación escolar. El dinero no da la felicidad pero compra libros, juegos, juguetes, buenos materiales plásticos, equipamiento informático…

La biblioteca/ludoteca es un espacio escolar (aunque no tenga habitación propia). Los niños de primaria son, a pesar de las apariencias, ávidos lectores, por lo que se necesita ir variando (traer de bibliotecas cercanas en préstamo, intercambiar con otros coles, etc.). Mis alumnos leen bastante, la verdad, cogen libros en préstamo que llevan a casa y luego los cuentan en clase. Cuando acaban uno cogen una cartulina de un color determinado y dibujan la silueta de su propio pie, la recortan, escriben el título de lo leído, la decoran y me la dan para que la ponga en el techo (ya no quedan huecos interesantes en las paredes): así construimos el camino lector de cada cual. Como hace ya varios años que le copié la idea a otro maestro, en la actualidad el techo del aula es un ir y venir de huellas que van creciendo de tamaño conforme pasan los años. A ellos les sirve de acicate, a mí de expediente individual de lectura durante la escolaridad de los alumnos, y, a todos, de decoración. Ya lo he dicho, lo llamamos el camino lector. Algunos han pasado a ser senderos con huellas de elefante, dragón o mano humana. Y así llegamos al resto de los espacios del aula, que en mi caso son tres: el rincón de informática, la moqueta y los pupitres con la pizarra.

El rincón de informática no es ningún rincón sino el tablero gigante que hace años nos enviaron para canasta de baloncesto y que no pudimos ubicar en ninguna parte. Hace las veces de mesa enorme donde están, a saber: un pc con su pantalla, una impresora, un escáner, la cámara de fotos digital, el replicador y el cd de los tablets y, en ocasiones, los tablets mismos (también tenemos un cañón proyector que manda imágenes a la pizarra si queremos). Quizá Freinet soñó alguna vez con una imprenta escolar así.

La moqueta es una alfombra de tres por dos metros, rodeada de estantes y en la que uno (o la totalidad del cole) se puede sumergir: para jugar (los de infantil son sus mayores usuarios), para leer, para tumbarse con un tablet o para contar alguna historia entre todos. ¡Cuidado! Hay que llevar los zapatos limpios, sino, al final, salen de allí como croquetillas.

Los pupitres (que van adoptando diversas posiciones según las necesidades: U, O, I) y la pizarra, donde pasamos, la verdad, mucho tiempo. Supongo que conocéis su uso.

Ventaja: todo el material está en la misma aula. O sea, a disposición de todos, todo el tiempo. El de los mayores y el de los pequeños. El de un área y el de otra. Requiere organización, algo de responsabilidad infantil y da la sensación de estar en una viñeta del profesor Franz de Copenhague (aquel del TBO, que podemos recordar los de cierta edad). Pero la variedad de materiales al alcance de cada alumno es mayor que la se ofrece en un centro completo. Aprovechémosla.

 TIEMPOS

Hace un siglo casi todo eran escuelas unitarias. O sea, un desastre. Pero leer algunas partes de libros de pedagogía del XIX nos informa de que se preocupaban de la organización del grupo (único) de alumnos de edades diversas: ¿En una hora, cuantos grupos diversos o haciendo diversas actividades en el mismo aula se pueden atender? ¿qué sistema es el mejor con 50 alumnos, el simultáneo, el mutuo o el mixto (al mío, prefiero llamarlo caótico)? Aunque había buena dosis de locura, en los tratados de pedagogía se hablaba de la organización de las unitarias.

Volviendo al presente, por ejemplo, a ayer mismo. Por la mañana había 45’ aprovechables antes de que llegara el itinerante de inglés (y solo, y sólo, me quedara con el alumno de infantil), después 30’ de recreo, y otros 60’ antes de lavarse las manos y marchar a comer. Después un rato libre y otro periodo de 90’. Los alumnos no pueden (no deben) estar todo el tiempo haciendo actividades de su propio libro de texto: hay que organizar, pues, grupos internivelares que desarrollen actividades (individuales o en su propio grupo). Puede ser un grupo único (en educación artística, en una presentación para todos de igual da qué área, en una asamblea o debate, o en una lectura en común…); pueden ser dos grupos (infantil y primaria o el corte que vaya mejor); o tres, o… A partir de cuatro grupos, me parece que los 60’ comienzan a ser escasos, no digamos 45’.

Y para que cunda, la secuencia de actividades (y las actividades mismas) deben estar preparadas: los materiales, fotocopias, NTICs, etc. Y si está medianamente claro en el cuaderno del maestro, algún alumno avispado dirigirá a algún grupo. Y si se ha consensuado (y vendido) alguna actividad en concreto con o a los alumnos, tanto mejor.

Todo el mundo trabajando: yo voy dando vuelta, pasando, ayudando, explicando o repasando (de ahí lo de caótica). Lo natural, por decir algo, sería que los mayores ayudaran a los pequeños. Y no va mal tener las cosas claras, quiero decir, triar lo importante de lo accesorio de los contenidos y objetivos de los programas: en esta vida no hay tiempo para todo.

¿Se puede hablar? Claro, sin molestar. Y todos los días tenemos trifulca por la voz baja (por su escasez). Lo que me recuerda un chiste gráfico en el que el maestro dice: ¡Silencio! Comienza la clase de lengua.

 EL CURRÍCULUM

Entendido como la previsión de lo que se va a hacer, con el ánimo de que se haga, pero que posiblemente variará en parte. De lo que van a hacer los alumnos, esencialmente (y de lo que tiene que hacer el maestro para llevarlo adelante). Al final, los niños reciben la propuesta de una serie de actividades a desarrollar. Los objetivos, contenidos, metodología, recursos, evaluación y hasta las mismísimas competencias permanecen entonces, entre líneas, en la programación.

A veces, los árboles no dejan ver el bosque. En el BOE y BOA están las enseñanzas mínimas y el currículum, del que derivarán el PEC, el PCE, el de ciclo, las programaciones didácticas y el cuaderno del maestro. Tela, sobre todo en una unitaria. Estaría bien si todo eso no sirviera en demasiadas ocasiones para que la actividad que debe desarrollar el alumno sea abrir el libro de… en la página… y hacer las actividades que vienen marcadas de la 32 a la 37. Eso sí, vamos a dar un toque moderno, en el tablet-pc.

Además está el currículum oculto, ahí escondido detrás de todo el mundo. Lo que se aprende sin que figure en ninguna parte: no ayudarse unos a otros, sólo es importante lo que está en los libros (de texto), el maestro pone nota en las cosas aburridas, los libros se leen enteros o no se leen, u otras cosas disparatadas.

Lo interesante para el currículum, por otra parte, no es lo que se enseña si no lo que se aprende. ¿Alguien diría “he vendido hoy bastantes cosas pero no me han comprado ninguna? Pues eso: lo que, al final, hemos enseñado es lo que ellos han aprendido.

Por ejemplo, en el comedor (6 alumnos con el susodicho maestro). He hecho una lista para la ocasión: caminar por la carretera, ayudar a los pequeños, hablar en orden, ser educado (y pelotas) con la cocinera, comer de todo un poco, manejar cubiertos, contar chistes y gracias, cotillear sin ofender, preparar (en la cabeza) el rato libre que viene después, dejar recogido… Un programa de actividades muy útil para la vida, la verdad.

Como creo que el medio ES el mensaje, os resumo un artículo que, con el agua como ejemplo, leí hace un par de años [1]. Traza el autor dos metáforas. Para la primera el maestro es un depósito de agua. El conocimiento (el agua) es propiedad del maestro; si un alumno quiere beber debe acudir al depósito, por lo que el alumno ni sabe buscar agua por sí mismo, ni sabe distinguir entre la que es potable y la que no (algo de crucial importancia). La evaluación viene a consistir en averiguar cuánta agua cabe en el depósito de cada alumno, porque se recibe en función de la capacidad del recipiente. Obviamente recibir agua es una tarea un tanto aburrida.

La segunda metáfora coloca a maestro y alumnos como buscadores de manantiales. Es una tarea activa (no tan aburrida), en la que todos (alumnos y maestro) deben aprender a seguir pistas. Sirve hasta para cuando no hay maestro. Muy importante: hay que aprender a distinguir entre agua potable y no potable (siempre ha sido así, pero la cantidad de información puesta a nuestra disposición por Internet convierte esto en imprescindible). La evaluación responde más bien a las preguntas: ¿sabe el alumno buscar agua?, ¿distingue la calidad de la misma?, ¿la emplea para buenos usos?, y aún más ¿la comparte?

Cada cual puede ampliar la metáfora y, lo recomiendo, jugar con ella: habrá quien necesite clorar el líquido elemento, habrá quien quiera construir un estanque, ¿afectará el cambio climático a la cantidad de agua disponible? Por mi parte voy a extenderla con la figura de la cantimplora, o sea, del libro de texto. Sin ánimo de demonizar o santificar: todos los usamos, pero cualquiera puede ver sus limitaciones.

El libro de texto, en general, potencia un tipo de actividad: la individual y escrita. Siempre encuentro, por otra parte, mayor calidad en las imágenes (y mayor complejidad en los textos) que se consiguen en otros medios: libros actuales sobre temas diversos, Internet, etc. Al ofrecer una gradación estándar da seguridad al maestro, pero no resulta adaptada al grupo. Resulta una ayuda para el profe… sustituyendo a la programación.

Las limitaciones de los libros de texto se extienden en las unitarias, donde suele haber uno o dos alumnos por curso. Resulta sumamente complejo unificar varios niveles para trabajar en equipo si lo que se hace diariamente lo marca el libro de cada curso, produciendo situaciones jocosas. Clase de conocimiento del medio: 3º, el cuerpo humano; 4º, el sistema solar; 5º, invertebrados; 6º, la Unión Europea; a la de 2º le toca la familia. En fin. Está bien responder en el cuaderno a las preguntas del libro, cuya respuesta hay que buscar en el propio libro (no existe el agua no potable en la cantimplora),… pero ¿todo el rato?

Vale, es difícil prescindir del libro de texto. He estado diversos cursos intentando usarlos a mi manera, agrupando los contenidos de cada curso (en cono o en lengua) para poder tener grupos más homogéneos que pudieran estar hablando de lo mismo, construyendo bloques de contenido a mi manera para luego volver a las actividades del libro… Al final me he liado la manta a la cabeza (sólo una parte) y lengua y conocimiento del medio funcionan sin libro de texto (aunque ocasionalmente lo usemos como un recurso más de la biblioteca). La excusa ha sido la necesidad de construir las nuevas programaciones didácticas. En lengua y cono he dividido los contenidos del currículum BOA en bloque homogéneos por ciclos (y cursos) de forma que, al menos desde 3º a 6º, todos los alumnos estén tratando el mismo tema (¿el cuerpo humano?, pues vale, todos en eso; ¿la ortografía de la b/v?, pues, al lío todos juntos), lo que permite el trabajo en equipo o en parejas; la búsqueda de manantiales de información o de fuentes de actividades diversificadas. El libro de texto resulta, así, inviable. Tanto mejor. No hay que ocultarlo: esto da más faena, sobre todo los primeros cursos; pero también es verdad que quita otras. Y gratifica.

 LAS ESCUELAS DEL MUNDO

Para acabar de liarlo todo: me parece que los contenidos que se ofrecen en las escuelas de primaria de este planeta son bastante parecidos: numeración, cálculo, medidas, algo de geometría básica, lectura y escritura, conocimiento del entorno social y natural, costumbres de cada lugar. Los métodos (depósito o manantial, por ejemplo) y la pasión de cada cual es lo que da el color diferente. Creo también que hay valores comunes a enseñar (la prudencia, la valentía, la generosidad, la perseverancia, la confianza…) y que son parte del currículum en el mejor de los casos; en el peor lo serán el miedo, el aburrimiento, la idea de estar perdido en un maremágnum sin sentido claro…

La letra con sangre entra. A lo mejor es verdad, lo malo es que, con ese sistema, junto a la letra entran un montón de enfermedades la mar de infecciosas para la mente. Lo que sí que resulta cierto es que los niños felices rinden mejor (lo que no quiere decir que no haya que esforzarse, nada se consigue sin esfuerzo), porque normalmente el interés está discutido con la obligación no autoimpuesta.

Y para ejemplos de alegrías curriculares basta fijarse en maestros ya clásicos. Gianni Rodari y su Gramática de la fantasía o introducción al arte de contar historias es un ejemplo: binomio fantástico (perro-semáforo), hipótesis fantástica (¿qué pasaría si…?), prefijo arbitrario (des-tijera); o polinomio fantástico (¿quién? ¿qué hacía? ¿dónde? ¿qué contestó la gente? ¿cómo terminó todo?) nos ofrecen ideas que podemos ir adaptando y ampliando. Otro ejemplo: Freinet, el santo laico de las escuelas rurales, con sus técnicas escolares eternas.

 PUNTO FINAL (O PUNTOS SUSPENSIVOS)

El currículum, el mío, con su organización, espacios, tiempos y todo lo demás, no es si no mi cuaderno anual. A sabiendas de que si no se suscita el interés, movido por la curiosidad, mal vamos; de que el medio empleado es el contenido más importante (y la secuencia de actividades es lo que al final ofrecemos al alumno); y de que no somos perfectos. De hecho nada más lejos de nuestra intención, con ser buenos de vez en cuando…

José María Santos de las Heras
Septiembre de 2009

Notas

[1] “El buscador de manantiales”, artículo de Miguel Ángel Guerra Santos, catedrático de Didáctica y Organización Escolar de la universidad de Málaga. Revista Escuela, 1 de marzo de 2007.

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